Tras los oscuros trazos de una visión sesgada por sus propia unicidad,
por su propia elocuencia originaria que no logra salir de sí, está el acuerdo de sí y su creencia. Tras el despliegue de los trazos, la convicción de lo que ha de ser, para poder seguir siendo, la creencia debe mantenerse en pie, y la aceptación es su lucha.
Las luchas que requieren de opuestos, no necesariamente por naturaleza, pero por la simple presencia que confronta, están los artilugios para el enmascaramiento. La cuestión siempre ha sido convecer. Las opiniones son válidas todas, en tanto se presentan ya enunciadas.
Luego viene el colapso, las presteza del que acepta ser avasallado.
Los márgenes del discurso bien podrían ser el acuerdo de subsistencia, un triste fingir ser otro. Pero la vanidad de quien se ve victorioso, ya atisba su necesidad por el otro para su subsistencia, en este caso vana y de vanidad.
Cada cuanto llegan los excomulgados al paredon? cuando se ha cansado de fingir ser quien no es, cuando reconoce una esencia no desenvuelta. La esencia que tampoco desenvuelve el que vive convencido de su única realidad: la suya. Hay dos seres vacíos: el convencido y el que se deja convencer. Luego está el pantano.
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